VIGILIA DE ORACIÓN POR LA VIDA NACIENTE VÍSPERAS DEL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Publicado en por Oscar Sarlinga

27 de noviembre de 2010

En la iglesia catedral de Santa Florentina, de la ciudad de Campana, fue celebrada la “Vigilia de oración por la vida naciente” tal como lo solicitara el Papa Benedicto XVI. Las celebraciones constaron de la escucha del mensaje del Obispo, Mons. Oscar Sarlinga, en la iglesia criptal de Santa Florentina y los Santos Padres de la Iglesia Hispana, llena de fieles y en especial de jóvenes, con la presencia del Delegado de las Misiones, Mons. Marcelo Monteagudo, del cura párroco y Delegado de la Pastoral de Juventud, Pbro. Hugo Lovatto, del Pbro. Dr. Nestor Villa, Moderador de la comisión de ecumenismo y diálogo interreligioso, y de los Pbros. Agustín Villa y Lucas Martínez, vicarios de la iglesia catedral. A continuación se tuvo la oración de las vísperas solemnes, en el templo catedralicio y luego la celebración de la misa, presidida por el Obispo y concelebrada por los sacerdotes mencionados. Al término de la misa, los jóvenes tuvieron la Hora Santa de adoración al Santísimo, con la intención especial por la vida naciente, en comunión con la intención del Santo Padre Benedicto XVI.

MENSAJE DE MONS. OSCAR SARLINGA EN LA VIGILIA DE ORACIÓN POR LA VIDA NACIENTE, EN LAS VÍSPERAS DEL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO DE 2010

Queridos sacerdotes, hermanos y hermanas, muy queridos jóvenes, que numerosos han acudido a nuestro llamado:
Estamos hoy aquí, en esta Vigilia en la iglesia catedral, para abrir el corazón a la Palabra de Cristo. El Verbo Eterno ha oído todo del Padre, en la eternidad del Amor entre ambos, su Espíritu. Jesucristo, el Verbo de Dios hecho Hombre, quien nos dijo “(…) todo aquello que he oído del Padre, se lo he dado a conocer a ustedes” (Jn 15,15c). Él nos libera;  nos llama, por ello, “amigos”, más que siervos, y nos llama así, pues lo somos, es maravilloso tenerlo como nuestro Amigo, aquél que nos enseña la Ley nueva del Amor, aquél que es, Él mismo, “el Evangelio de la Vida”. Por eso queremos proclamar con entusiasmo un gran “Sí” a la vida humana, a la persona como imagen de Dios, en todas las etapas y dimensiones de su existencia. Esta verdad “crística” sobre el sentido más profundo de nuestra vida humana nos trae liberación interior y alivio frente a no pocas adversidades que nos toca vivir en nuestra sociedad contemporánea. ¿Lo creemos?. Porque el creerlo, el vivirlo interiormente será lo que nos hará “libres”, con la libertad evangélica.

I. EL INICIO DEL ADVIENTO

El inicio del tiempo litúrgico del Adviento provoca en nosotros sentimientos de agradecimiento por la liberación que nos trajo Cristo. El agraviante e insoportable peso de la esclavitud, de cualquier esclavitud, a comenzar por la más originaria, la del pecado, ya no tiene derecho alguno sobre nosotros, porque el Espíritu Santo infunde hoy, con suavidad y firmeza, en los oídos interiores de nuestra alma, la disposición a dedicarnos con entera libertad a proclamar con nuestra palabra y nuestras obras ese Evangelio. Queremos hacerlo como “pueblo de la vida” que, en tanto miembros de la Iglesia, verdaderamente somos.
Con esta disposición de espíritu, “aquí estamos”, le decimos al Señor, con una alentadora presencia de juventud católica, este sábado 27 de noviembre, en la iglesia catedral de Santa Florentina, unidos al Papa y a toda la Iglesia en la celebración de la "Vigilia por la vida naciente". Nos hemos hecho eco de la iniciativa del Santo Padre Benedicto XVI, quien preside las Vísperas en la Basílica de San Pedro, y en cuya invitación a la Vigilia nos ha dicho:
"Todos nosotros somos conscientes de los peligros que amenazan hoy la vida humana a causa de la cultura relativista y utilitarista que ofusca la percepción de la dignidad propia de cada persona humana, cualquiera que sea el estadio de su desarrollo. Estamos llamados más que nunca a ser "el pueblo de la vida" (Juan Pablo II, Encíclica Evangelium vitae, n. 79) con la oración y el compromiso”

II. LA VIDA HUMANA ES DON SAGRADO

El valor de la vida humana es sagrado, porque así lo quiso Dios en su sapiencia.  En la primera página del Génesis, se narran acontecimientos de fe e “históricos” (con el género de la historia sagrada) a la vez: la creación del universo y del hombre, es decir, el nacimiento de la primera criatura humana, hecha a imagen y semejanza del Creador (cfr. Gen. 2, 7; 1, 26-27). En la visión bíblica, el ser humano goza de un alma espiritual, inmortal, irreductible a lo corpóreo. Por esta razón, como deducía el Bienaventurado Papa Juan XXIII en la “Mater et Magistra”, toda vida humana “ha de considerarse por todos como algo sagrado, ya que desde su mismo origen exige la acción creadora de Dios”[i].    
El alma que vivifica al ser humano es creada inmediatamente de la nada por Dios en el instante de la concepción de ese nuevo ser, de modo tal que el varón y la mujer, el papá y la mamá, son cooperadores libres de la Providencia divina, y de esta manera intervienen como en un “milagro portentoso”, más notable todavía que resucitar a un muerto o devolver la vista a un ciego. Esto último lo dice Santo Tomás de Aquino: “es más milagro el crear almas, aunque esto maraville menos, que iluminar a un ciego; sin embargo, como éste es más raro, se tiene por más admirable”[ii]. Y el gran Doctor de la Iglesia San Agustín queda incluso más maravillado ante el hecho de la creación de un nuevo ser humano “que ante la resurrección de un muerto”, pues, afirma, cuando Dios resucita un muerto, recompone o recrea “huesos y cenizas”; sin embargo –prosigue el Santo Obispo y Doctor- “(…) tú antes de llegar a ser hombre no eras ni cenizas ni huesos; y sin embargo has sido hecho, no siendo antes absolutamente nada”[iii].
De aquí el alcance vital, existencial, del drama tremendo del aborto procurado. No se trata de condenar a las personas que han vivido o viven ese drama, se trata de la dignidad de la persona humana concebida, y de la dignidad de la persona humana durante toda su vida, lo cual, es cierto, sólo se comprende cabalmente desde una visión integral del ser humano, como lo afirmaba el Papa Pablo VI cuando recordaba que este problema, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que considerarlo, por encima de las perspectivas parciales de orden biológico o sociológico, “(…) a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna”[iv]. Se trata también del valor pedagógico de la ley (incluso de la ley civil) y de su incidencia en una sociedad civilizada.

III. JUSTICIA, DERECHOS Y CARIDAD, PUES NO HAY VIDA SIN LA LEY NUEVA DEL AMOR

Nuestro gran “Sí” a la vida incluye todos los derechos. ¿Cómo olvidarlo?. Este “Sí” está animado por la Ley Suprema del Amor, la cual posee también una dimensión social. Así, queremos reafirmar hoy el derecho de educar a los hijos conforme a las convicciones profundas, el derecho fundamental de la libertad religiosa, todos los derechos humanos, y el anhelo a la paz y la justicia social, en tiempos caracterizados por transformaciones sociales y culturales.  Como tuvo ocasión de subrayarlo el Papa Benedicto XVI en su Encíclica “Caritas in veritate”, la Doctrina Social de la Iglesia ha puesto siempre de manifiesto la importancia de la justicia distributiva y de la justicia social en los diversos sectores de las relaciones humanas[v]. Es preciso decir que sin justicia tampoco hay un “Sí” a la vida. Se promueve la justicia cuando se acoge la vida del otro y se asume la responsabilidad hacia él, respondiendo a sus expectativas, porque en él se capta el rostro mismo del Hijo de Dios, que por nosotros se hizo hombre. La imagen divina impresa en nuestro hermano funda la altísima dignidad de toda persona y suscita en cada uno la exigencia del respeto, del cuidado y del servicio. Por ello, que ninguno disocie, en este tema: el vínculo entre justicia y caridad, en perspectiva cristiana, es cercanísimo, “inter-incluido”, diríamos: "(…) la caridad supera a la justicia, porque amar es donar, ofrecer de lo "mío" al otro; pero nunca sin la justicia, que induce a dar al otro lo que es "suyo", lo que le corresponde en razón de su ser y de su obrar [...] Quien ama con caridad a los demás es ante todo justo hacia ellos. No solo la justicia no es extraña a la caridad, no sólo no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es 'inseparable de la caridad', intrínseca a ella. La justicia es la primera vía de la caridad"[vi]. Y de todo esto, de todo, la Eucaristía es "fuente y culmen".

CONCLUSIÓN. EL EVANGELIO DE LA VIDA NOS MUEVE A CUMPLIR EN ESPÍRITU Y EN VERDAD EL QUINTO MANDAMIENTO

“No matarás” nos dice la Ley de Dios. ¿Por qué acostumbrarnos a recibir todos los días noticias de cómo se matan unas gentes a otras?. Es como si la conciencia moral se hubiera cauterizado en ese aspecto. Por otra parte, podemos entender el “matarse” en una pluriformidad de significado. Me explico: existe una tendencia creciente a pensar que podemos arbitrariamente disponer de nuestra propia vida y de la vida de los demás, por los motivos que fuere, ya sea por causa de un relativismo muy enraizado, por ejemplo, o por la infravaloración de la vida propia (parece increíble, pero esto se da cada vez más) y de la vida de los otros. Puede que ello se dé respecto de la persona humana recién concebida, o de los niños, o del ser humano en cualquiera de sus etapas o dimensiones. También se puede “matar” en un sentido más amplio que podemos atribuir a la palabra, cuando se daña conscientemente al otro por odio, codicia, envidia, intereses egoístas u otras causales, las cuales, en el fondo, tienen su raíz en las “obras de la carne” que menciona San Pablo (Cf Gal 5,11-21). A este propósito, resulta de gran iluminación para nuestro corazón el que  San Pablo, al hablar de las mencionadas “obras de la carne”, mencione no sólo “fornicación, impureza, lascivia (...) embriagueces, orgías”, sino que nombra también otros pecados, en lo que lo “carnal” y “sensual” pareciera no estar tan patente, pero que sí lo está, porque aquéllos constituyen, en lo más hondo, “pecados del espíritu” humano, y por ende, “de la carne afectada por el pecado”: “idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, rencillas, disensiones, divisiones, envidias...” (Cf Ibid). Si ponemos nuestra mente a ver la realidad, junto con numerosos signos de amor, de entrega, de generoso sacrificio y de alegría que se dan en nuestro mundo, encontraremos también todo esto que nos menciona San Pablo; son realidades de rigurosa actualidad, y constituyen algunas de las causas más profundas del irrespeto de la dignidad de las personas. Por el contrario, el  respetar la dignidad de la persona es la esencia del quinto mandamiento, el cual también nos enseña que hemos de respetar el alma, la salud, el cuerpo y la fama de nosotros mismos y de los demás. De tal modo, el escándalo voluntariamente procurado (o surgido del nunca suficientemente calibrado pecado de la imprudencia), y asimismo las faltas a la salud propia o de los demás, la cólera y el odio, y miríadas de formas de irrespeto de la vida, nos hablan, casi como por sentido contrario, de la importancia de llenar nuestra alma, nuestra mente, nuestro espíritu, nuestras obras, de la Luz de Dios y de la mencionada nueva “Ley”, la “Ley nueva del Amor, del Espíritu Santo”. Veamos esperanza, queridos hermanos. Veamos la capacidad que el Señor puso en nosotros para “transformar el mundo” con la ayuda de su Gracia, con su Amor, para que, cada uno según su misión y elección, contribuyamos a la generación de un humanismo nuevo, trascendente, verdaderamente digno de Dios y del hombre, como nos lo enseña la doctrina social de la Iglesia[vii]. Con la ayuda de la Virgen Madre de Dios, Madre de la Iglesia, Estrella de la Evangelización.

 

 

Monseñor Sarlinga en la despedida de los restos de Monseñor Espósito

 





Notas:

[i] Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, 15-V-1961

[ii] S. TOMAS DE AQUINO, Los cuatro opuestos, 7.    

[iii] S. AGUSTIN, Sermo 127, 11, 15; ML 38, 713.      

[iv] Pablo VI, Enc. Humanae vitae, n. 7.

[v] Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, n. 35.

[vi] Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, n. 6.

[vii] Cf PONT. CONSEJO “JUSTICIA Y PAZ”, COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA, Introducción, n. 19.

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