MONS. OSCAR SARILNGA DISERTARÁ SOBRE EL “PRIMER CONGRESO NACIONAL DE DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA”

Publicado en por Oscar Sarlinga

EN LA PRÓXIMA JORNADA DE PERFECCIONAMIENTO DOCENTE EL OBISPO MONS. OSCAR SARLINGA DISERTARÁ SOBRE EL “PRIMER CONGRESO NACIONAL DE DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA”
 
(La jornada de perfeccionamiento docente tendrá lugar en la localidad de MANUEL ALBERTI, en instalaciones del colegio “María Madre Nuestra” el jueves 24 de febrero próximo).

La Doctrina Docial de la Iglesia es un servicio a la humanidad
Desde años atrás se realizan en la diócesis de Zárate-Campana las “Jornadas de perfeccionamiento docente” para los directivos, docentes y personal de los colegios católicos dependientes del Obispado, invitándose también a aquéllos establecimientos de Congregaciones religiosas o Institutos equiparados. El Obispo Mons. Sarlinga ha destacado en distintas oportunidades la importancia de la reflexión acerca de la persona humana, de su inalienable dignidad, y (desde la fe) su realidad de “imagen de Dios”.
De modo previo a su disertación acerca del próximo Congreso Nacional de Doctrina social de la Iglesia (que tendrá lugar, este año, en Rosario, del 6 al 8 de mayo) nos ha ofrecido ahora esta reflexión, readaptada de una parte de su tesis doctoral en Teología, y adaptada a las circunstancias de referencia, acerca de la relación entre persona humana y sociabilidad, el sentido de “cuerpo social” (sin corporativismo) y la analogía del organismo en sentido social, con “la sociedad al servicio de la persona”.
“La persona, por ser tal, es abierta a la comunicabilidad, y lo es de modo supremo en la vocación trascendente del hombre. La condición de persona humana le viene, pues, de su dignísima condición de imago Imaginis Dei, de la cual dimanan, a la vez, las dimensiones personales que se expresan en la cultura, la moral, la sociedad, la religión, que devienen como «ámbitos de realización» de la persona. Por ello lo social es consecuencial a lo personal y, por otro lado, detrás de todo tema social hay un sentido cultural, y todavía por detrás de éste, y superior a él, como esencial, un sentido religioso[1], razón por la cual con todo derecho podemos afirmar que el hombre, ser humano, es esencialmente religioso.
El carácter consecuencial de lo social respecto de la personeidad no desmerece al primero, pues el ser humano-persona, en su misma unicidad personal, se halla al mismo tiempo orientado, también por naturaleza, a la sociedad. Por consiguiente, el principio constitutivo de la sociedad se apoya sobre un basamento de relación originario y característico entre hombre y sociedad[2], para lo cual es útil la imagen del «organismo», que nos legara la Antigüedad[3]. Ya Séneca había enseñado que «somos todos miembros de un gran cuerpo», porque la naturaleza nos ha engendrado como «parientes» y ha hecho de nosotros «seres sociales»[4]. San Pablo, por su parte, aplicó la analogía del organismo también a la Iglesia, y habló del «cuerpo de Cristo»[5].  Santo Tomás de Aquino insertó, de manera sistemática, la analogía del organismo en su doctrina social: la sociedad es «como un cuerpo», «como un hombre»[6] .
Esto último es importante por la comprensión del principio de la «solidaridad», sobre el que trataremos detenidamente en este escrito, que es radicado contemporáneamente en la personalidad y en la socializad, y formula, al mismo tiempo, una cuestión: mientras el bien común es superior bajo determinados aspectos, bajo otros aspectos y, sobre todo, en último análisis la personalidad conserva el valor superior. De hecho, sería un gran error el acentuar exageradamente la analogía del organismo y abusar, de tal suerte, del principio del bien común, con el consiguiente detrimento de la dignidad y de la libertad de la persona[7], error que se ha deslizado, o acendrado, en el decurso del pensamiento[8]; pero en realidad, hemos de decir que sólo la persona es una sustancia en sí, mientras la sociedad constituye una «unidad de conjunto relacional», de índole ordenada, con relación real y no sólo de razón[9].
El bien común prevalece sobre el bien individual sólo en la medida en la cual un ser humano posee obligaciones hacia un determinado organismo social, en cuanto que es miembro suyo[10]. Y en particular es bueno apuntar que el bien común de un organismo social terreno no posee preeminencia alguna por sobre el orden sobrenatural[11]. La total primacía del orden sobrenatural y de la gracia es clara respecto del orden natural, y, lógicamente, respecto del orden social.
Podemos colegir perfectamente, entonces, que la «socialidad» o carácter social del hombre apunta, en último análisis, a perfeccionar la personalidad, siendo que asume múltiples expresiones «perfeccionadoras» del ser humano[12]. Es la sociedad la que se halla al servicio de la persona, porque sólo el ser espiritual es querido por sí mismo en el plano del universo, mientras todo el resto existe en función suya; y ello no obsta a que, de modo lato, podamos decir que la sociedad persigue también, en cierto sentido, un fin propio[13].
Este razonamiento nos lleva, por su parte, a la razón de ser de la autoridad, estrechamente vinculado a la organicidad social[14]. Toda sociedad orgánica necesita una estructura autoritativa, la cual guíe a los miembros a realizar el bien común, condición esencial para la salud de ese cuerpo social[15]. Es cometido de la autoridad el tomar las medidas requeridas en el interés del bien común y el garantizar la estabilidad de la sociedad y su desarrollo sustentable, existiendo en ello una cierta dependencia de las personas respecto de la autoridad[16], lo cual por supuesto no significa caer en una visión triunfalística de aquélla[17] sino evitar que la sociedad, y en particular el Estado, sea quebrantado en sus propios cimientos, pues la misma autoridad halla su razón de ser en su orientación fundamental al servicio de la persona y de la comunidad[18].  Existe lo que podemos llamar una inter-orientación «persona-sociedad-autoridad». Es característico de la socialidad humana.
En síntesis, la «socialidad» no subsume, superándola, a la persona, sino que apunta, en último análisis, a perfeccionar la personalidad, siendo que asume múltiples expresiones perfectivas del ser humano”.
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Notas:
[1] “En realidad, en el corazón de la cuestión cultural está el sentido moral, que a su vez se funda y se cumple en el sentido religioso” (Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, en AAS 85 (1993) 860-861, n. 98).
[2] De esta doble orientación característica de este ligamen, que constituye la esencia de la sociedad, se sigue que las personas estan ligadas al todo con motivo de su plenitud interior de valores, unidas sin embargo de modo tal que el todo posea su plenitud de valores solo en su ligamen con la plenitud personal de los valores de los miembros.
[3] La filosofía social occidental desde dos milenios, para ilustrar la relación del individuo hacia la sociedad, recurre a la analogía del organismo, un parangón que se usa con ciertas reservas, puesto que, como enseña la historia, puede ser fácilmente interpretado en sentido totalitario.
[4] Séneca, L.A. Senecae ad Lucilium I, XIV, epistula 4, Bononiae, 1927, p. 83.
[5] Lo hizo en un sentido doble: en algunos de sus pasajes, «cuerpo de Cristo» significa la Iglesia como realidad visible, social y orgánicamente articulada (Cf. 1 Cor 12,12-30; Rm 12,4-8). En otros, indica la comunión vital y sobrenatural y misteriosa que liga a los miembros a la Cabeza, y entre sí (Cf. Ef 5,22-23). El Apóstol de las Gentes no emplea la expresión «Cuerpo Místico», que aparece por primera vez en la Escolástica primitiva y que es aplicada a partir del siglo XIII. La imagen es, en cambio, ciertamente de inspiración paulina. En el Concilio Vaticano II fue utilizada junto a la imagen de «Pueblo de Dios». “L’applicazione simultanea dell’immagine paulina di Corpo mistico di Cristo permette ai Padri del Concilio di rendere fin da subito attenti di fronti a possibili interpretación unilaterali: il Popolo di Dio esiste solo come Corpo mistico di Cristo (LG 7,3 e 4) perché solo in Gesù Cristo la storia di salvezza del Popolo di Dio trova il suo compimento e la sua forma radicalmente nuova. Come tale la Chiesa è una realtà sacramentale, e perciò ad un tempo visibile ed invisibile, dell’intima unione con Dio e con gli altri uomini (LG 1)” (E. CORECCO-L. GEROSA, Il Diritto della Chiesa, Sezione quinta, La Chiesa, volume 12, en G. BEDOUELLE [et al.] AMATECA, Manuali di Teologia Catolica, Milano, 1995).
[6] S. Theol. I-IIae, 81 ad 1mum.
[7] A partir del siglo XIX, no obstante, no pocos sociólogos han acabado por interpretar biológicamente la analogía del organismo. Así, Augusto Comte definió la sociología como una «physique sociale» y habló de «anatomie sociale (Cf. J. HOFFNER, La dottrina sociale cristiana, Milano, 1995, p. 36).
[8] También algunos estudiosos cristianos, empeñados en la lucha contra las concepciones individualísticas de la sociedad, se lanzaron a pergeñar equívocas formulaciones, como, Vg., la concepción de la unidad «casi substancial» del genero humano (Cf. M. SCHEEBEN, Handbuch der katholischen Dogmatik, II, 1880, p. 626), o bien la concepción que niega a la comunidad el carácter de substancia pero le reconoce un «ser de naturaleza sustancial» (Cf. D. von HILDEBRAND, Metaphysik der Gemeinschaft, Regensburg, 1955, p. 179). Tales expresiones son azarosas, aunque todavía pueden ser interpretadas in bonam partem. En cambio, otras ideas que conciben a la sociedad como un «ser sustantivo completo en sí mismo», sin la referencia necesaria a la persona, tales como «sociedad igual a ser substantivo», o bien a «substancia completa», no pueden ser consideradas correctas, más aun, son fuentes de grandes problemas en la concepción social, porque dan a la sociedad una tal substancialidad que las lleva a creerse omnipotentes, omini-abarcadoras (Cf. R. KAIBACH, Das Gemeinwohl und seine ethische Bedeutung, Dusseldorf, 1928, p. 44).
[9] La sociedad no existe fuera o independientemente de los «individuos-personas». En el caso de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, la unidad es de naturaleza específica y no comparable a la de otros organismos sociales, pues Cristo hace participar a la Iglesia de su Vida sobrenatural, penetra todo el cuerpo con su virtud divina, nutre y conserva los miembros personales e individuales. Por esta última razón, el cuerpo eclesial recibe el apelativo de «místico», pues excluye que se trate de un cuerpo natural, ya de orden físico, ya de orden moral (Cf. J. HOFFNER., La dottrina sociale cristiana… op.cit., p. 37).
[10] El ser humano es miembro de un organismo social bajo aspectos a veces diversos. El hombre es «alguien», mucho mas que una simple pieza de pertenencia a una sociedad mayor, precisamente por ello es «hombre», «persona», “(…) en absoluto parte del Estado en todo lo que el  -el hombre- es y posee” (S. Theol, I-IIae, Q. 113, 9).
[11] Cf. S. Theol., I-IIae, Q. 113, 9.
[12] “La socialità umana non è uniforme, ma assume molteplici espressioni. Il bene comune dipende, infatti, da un sano pluralismo sociale. Le molteplici società sono chiamate a costituire un tessuto unitario ed armonico, al cui interno sia possibile ad ognuna conservare e sviluppare la propria fisionomia e autonomia. Alcune società, come la famiglia, la comunità civile e la comunità religiosa sono più immediatamente rispondenti all’intima natura dell’uomo, altre procedono piuttosto dalla libera volontà…”.(PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 2004, Ed. En lengua italiana, Parte prima, Capitolo terzo, La persona umana e i suoi diritti. III La persona umana e i suoi molti profili. E. La socialità umana, 151, p. 80). La tendencia de los hombres a crear asociaciones con fines económicos, culturales, sociales, deportivos, recreativos, profesionales y políticos, sin olvidar los fines religiosos, es denominada con un término que, históricamente –por su uso en la sociología-  no ha carecido de ambigüedades, a saber, «socialización». Éste posee, empero, un sentido natural, que es su sentido en la doctrina social de la Iglesia: “Tale «socializzazione» esprime parimenti la tendenza naturale che spinge gli esseri umani ad associarsi, al fine di conseguire obiettivi che superano le capacità individuali. Essa sviluppa le doti della persona, in particolare il suo spirito di iniziativa e il suo senso di responsabilità. Concorre a tutelari i suoi diritti» (Ibid.).
[13] De hecho, cuando un organismo social, como un Estado, “(…) se desarrolla en el respeto del orden querido por Dios y florece, ello promueve, así, no sólo el bien de los miembros sino que, en cuanto idea de Dios realizada, sirve también al honor y a la glorificación del Creador” (J. HOFFNER, La dottrina sociale cristiana… op.cit., p. 38).
[14] Tema sobre cuya necesidad la filosofía social cristiana busca a menudo ilustrar con la ayuda de la analogía del «organismo».
[15] De hecho, cuando cada uno sigue sus intereses particulares, en detrimento del bien común, se produce algo semejante a la declinación de la energía vital del organismo. “Muchos individuos pueden vivir en sociedad solamente si uno de ellos preside y tiene a su cargo el cuidado del bien común; muchos individuos tienden, de hecho, de por sí, a muchas cosas, mientras un único individuo persigue un unico fin” (S.Theol., I, 96, 4).
[16] De hecho, el Concilio Vaticano II deplora que hoy muchos, «bajo el pretexto de la libertad, rechacen toda dependencia», pues el mundo moderno tiene necesidad de personas que, “(…) en el pleno reconocimiento del orden moral, sepan obedecer a la legítima autoridad, y sean amantes de la genuina libertad” (CONC. ECUM.VAT. II, Declaratio de libertate religiosa Dignitatis humanae, Sessio IX, 7 dec. 1965, en AAS 58 (1966), pp. 929-941, 8).
[17] “Ogni detentore dell’autorità e soggetto a sbagliare e a mancare ed e soprattutto esposto alla tentazione di abusare del potere. Perciò nell’odierna società democratica l’autorità sottostà al controllo e alla critica, che viene esercitata dai parlamenti, dai tribunali e dalla pubblica opinione, nonchè dai singoli cittadini al momento delle elezioni. Questo non significa affatto avallare una critica esagerata di ogni autorità e di tutto quel che è instituzionale, si tratti della famiglia, della scuola, della Chiesa o dello stato. L’educazione anti-autoritaria, da molti esaltata come una «liberazione» dell’uomo, produrrà dei super-individualisti socialmente disadattati e moltiplicherà le nevrosi. É cosa pericolosa porre il superamento del sistema al posto del superamento di sé stessi” (J. HOFFNER, La dottrina sociale cristiana… op.cit., p. 38).
[18] Acordemente a la afirmación actual en la opinión pública mundial de una nueva aproximación a la Doctrina social de la Iglesia, que consiste en el reconsiderarla en la óptica de toda la misión de enseñar o munus docendi, que la Iglesia desarrolla desde sus orígenes, el pensamiento social de una institución autoritativa como la Iglesia está suscitando en el mundo un renovado interés ante la opinión pública y ante los especialistas.
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En preparación al Congreso nacional de Doctrina social de la Iglesia, reflexiones sobre “Caritas in veritate”, la Encíclica Social de Benedicto XVI.

caritas in veritate
 
 Se trata de la primera encíclica social de Benedicto XVI “Caritas in veritate” (La caridad [el amor] de verdad), fue firmada el 29 de junio para la celebración de San Pedro y San Pablo.
Con respecto del llamado “capitalismo salvaje”, el vaticanista Sandro Magister recogió en su momento la opinión de Böckenförde, “jurista católico alemán muy estimado por el Papa”, quien ve en este momento una oportunidad para que la Iglesia desapruebe explicitamente el capitalismo en su versión “salvaje”, por ser inhumano y portador de malas consecuencias.
Una cita del ensayo de Böckenförde:
“Esta doctrina social de la Iglesia ha asumido largamente respecto al capitalismo, impresionada por sus indiscutibles éxitos, una actitud más bien de defensa. Lo ha criticado sobre puntos específicos en vez de ponerlo en discusión en cuanto tal. El actual evidente derrumbe del capitalismo a causa de su expansión ilimitada y casi sin reglas puede, y debería, permitirle a la doctrina social de la Iglesia una crítica raigal.”
La encíclica se caracteriza por su sabiduría, equilibrio y recogimiento del magisterio anterior, principalmente de la encíclica “Populorum progressio” de S.S. Pablo II y de los numerosos textos magisteriales de Juan Pablo II, habida cuenta también del Compendio de la Doctrina social de la Iglesia. Sin embargo, tiene un carácter original, y sobre todo ha tenido en cuenta los últimos acontecimientos mundiales, a la luz del “desarrollo integral” que propugna la Iglesia Católica, cual “experta en humanidad” (como la llamara el mencionado Papa Pablo VI)

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